El derecho a elegir no termina con los cuidados de hospicio

Margaret tenía ochenta años.
Y se estaba muriendo.
El personal lo sabía. Debajo de su fotografía en el expediente médico electrónico aparecían las palabras Hospicio. No reanimar (DNR).
Su cuerpo estaba dejando de funcionar.
La mayoría de los días, utilizaba la poca energía que le quedaba para ser amable.
Se reía de las bromas del personal.
Hacía cumplidos a los visitantes.
Recordaba el nombre de cada auxiliar de enfermería (CNA).
Pero aquella mañana estaba cansada.
Una niña de ocho años estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, frente a su silla de ruedas. Tenía un libro infantil abierto sobre las piernas. Se apoyaba contra la pared, con los hombros caídos y el rostro enrojecido por el esfuerzo. Cada palabra salía lentamente, dividida en sílabas.
Se equivocaba.
Volvía a empezar.
Lo intentaba otra vez.
Los ojos se le llenaron de lágrimas.
Margaret la observaba.
Veía cómo la niña luchaba por leer.
Veía cómo aumentaba su vergüenza con cada error.
Y Margaret estaba cansada.
Ella no había elegido pasar el día escuchando a una niña asustada intentar leer en voz alta.
No se había ofrecido como voluntaria para ayudar a nadie a practicar la lectura.
Simplemente habían colocado a una niña con un libro frente a ella y le habían dicho que leyera.
La niña levantó la mirada hacia Margaret, desesperada por recibir unas palabras de ánimo.
Margaret ya había tenido suficiente. Miró a la niña.
—Lees de la chingada —le dijo.
Sin poder contenerme, exclamé su nombre.
—¡Margaret!
Ella se encogió de hombros.
—Es verdad —respondió.
Yo no entendía lo que estaba pasando.
—¿De qué conoces a esta niña? —le pregunté.
—No la conozco —respondió.
Me dirigí a la niña.
—¿Quién te trajo aquí?
—Vine con mi clase —susurró.
Margaret giró su silla de ruedas y comenzó a regresar a su habitación.
—Estoy en cuidados de hospicio —dijo por encima del hombro—. Y así no es como quiero pasar mi tiempo.
Más tarde, me enteré del programa.
Los viernes, los alumnos de tercer grado de la escuela primaria que estaba al otro lado de la calle venían a leerles a los residentes. La intención era ayudar a los niños a practicar la lectura y a los adultos mayores a sentirse acompañados.
En teoría, era perfecto.
Pero nadie le había preguntado a Margaret si tenía la energía emocional necesaria para animar a una niña que tenía dificultades para leer.
Alguien simplemente supuso que lo haría.
Porque era «amable».
Porque se espera que las personas que viven en centros de cuidados estén agradecidas por cualquier atención que reciban.
Los programas intergeneracionales pueden ser maravillosos. Las investigaciones muestran que pueden reducir la soledad y favorecer el aprendizaje. Cuando se realizan bien, crean conexiones humanas auténticas.
Pero solo cuando las personas tienen la libertad de elegir si desean participar.
Incluso cuando reciben cuidados de hospicio.
Especialmente cuando reciben cuidados de hospicio.
Para proteger la privacidad de los residentes, se han cambiado los detalles que podrían permitir su identificación. Las situaciones descritas reflejan problemas reales encontrados en los centros de cuidados a largo plazo.


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